En algún punto de no sé exactamente qué momento del día, empecé a ser consciente de la claridad que entraba por la ventana y me pregunté por qué había cambiado mi rutina de bajar la persiana, como todas las noches. Justo a un segundo de lucidez de este pensamiento recordé fragmentos de la noche anterior y también descubrí, contrariado, que no recordaba cómo había llegado a casa. Hacía demasiados años que no alcanzaba ese punto etílico así que desperezar el cuerpo me costó más que de costumbre y sentí un dolor punzante en el omóplato derecho mientras el resto de mis músculos intentaban responder a las órdenes de mis neuronas. Veía borroso… ¿había sido capaz de quitarme las lentillas? Arrastré mi ánimo hasta el baño sólo para descubrir una banqueta colocada justo en frente del lavabo y un montón de agua por el suelo. En el espejo, con carmín, “Llámame”.
© Sonia Seijas
España
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